Se dice que los seres humanos somos seres sociales, que huimos de la soledad siempre buscamos compañía, necesitamos con quien hablar, alguien que nos escuche, alguien que nos apoye. Sentimos la necesidad de que nos necesiten.
A veces es un placer escuchar lo que otros hablan, en otras ocasiones disfrutamos que otros nos escuchen aun cuando finjan que nos prestan atención. Hablamos de cualquier cosa, sean estas importantes o simples trivialidades. Entre estas personas están los conocidos, amigos, nuestras familias y todos aquellos que forman ese círculo cercano en nuestro hogar.
Hay un grupo especial de personas que pertenecen a una elite a los cuales somos capaces de contarle nuestros pensamientos más profundos, a ese grupo que sabemos que no nos defraudara, que aunque no esté de acuerdo con nuestro punto de vista, serán lo suficientemente francos y sinceros para expresarnos su punto de vista aun cuando sepan que no es lo que esperamos de ellos, pero que por pertenecer a esa elite saben que NO nos herirán con lo que expresen.
En esa elite están amigos, familias, conyugues, esos seres a los que hemos abierto nuestro corazón para que residan en él. Esos seres que no necesitan de pedir permiso, que llegaron y se plantaron ahí sin pedir permiso, algunos uno los elige, otros simplemente llegan para quedarse, sin invitación.
Como miembro máximo superior a esta Elite esta Dios, el único que nunca nos da la espalda, el que siempre permanece en nuestro corazón aun cuando a veces nos resulte incomodo, permanece en un silencio profundo a espera de ser invitado a conversar. Lanza susurros al viento para que nos acaricie su murmullo, envía el canto de las aves en una dulce melodía, la suave caricia de los primeros rayos de sol que disipan el frío de la mañana, día a día en cada detalle nos recuerda su presencia, para que tarde o temprano recordemos que esta ahí, esperando que lo invitemos a conversar.
Haciendo memoria de aquellas situaciones en las cuales el mundo se ve sombrío, cuando no hay motivación para seguir, cuando no hay esperanza, cuando la ilusión se desvanece, cuando la soledad invade nuestro corazón, te das cuenta que Dios esta ahí, que no se aparta de tu lado aun cuando el resto se ha marchado.
Siendo así, me pregunto cómo es posible que olvidemos su presencia, que nos rehusemos a conversar con él. Viene a mi mente la pregunta ¿Cómo hablar con Dios?
Se dice que la oración es buscar, es ponernos en contacto, es encontrarnos, es acercarnos a Dios y mucho más importante: “Orar es hablar de amor con alguien que nos ama”. Es conversar con Dios, hablar con Él con naturalidad y sencillez como cuando hablamos con un amigo de absoluta confianza.
En este momento de mi vida, después de mucha reflexión vive en mi corazón el siguiente propósito:
“Señor enséñame a orar (Lucas 11: 1), muéstrame como hablar contigo de forma transparente y sincera”.
El camino es largo, ahora queda seguirlo sin desfallecer guiado por esa luz que se fortalece día a día. Queda en pie el reto de aprender a hablar con Dios en todas las formas posibles, si alguno de ustedes sabe cómo hacerlo les estaré eternamente agradecido si tiene a bien compartirlo conmigo.
Continuará…





